Pelando cables
El ser humano es en esencia social, o al menos eso dicen los que dicen saber que saben.
Desde ese lugar podría venir la necesidad imperiosa que tenemos de comunicarnos y estar conectados a lo que sea que debiéramos estar.
Y en esa ansia por comunicarnos surgen mis malditos amigos. Les presento a una de las grandes paradojas en mi vida: Los cables.
De esta forma, la tecnología, avanzando a una velocidad arrolladora, nos provee de un sinfín de herramientas para comunicarnos y estar conectados con el mundo. De pronto la palabra "conectados" se torna cada vez más real y explícita. De mis oídos salen cables que van a parar a un par de parlantes. Estoy conectado a una máquina y eso me aterra. (¿Me asusta pero me gusta quizás?)
Y llega un momento en que los cables, al servicio de la humanidad, parecen lograr lo impensable: “Comunicarse” con personas que se encuentran a miles de kilómetros de distancia en tiempo real.
Hasta ahora no suena tan mal. Demos paso, entonces, a un extracto de mi paranoia.
¡Los cables, creados por el ser humano para acercarnos, comienzan a enmarañarse, nos rodean y se interponen entre nosotros, llevándonos a la falsa percepción de que estamos cada vez más cerca, cuando en realidad nunca hemos estado tan lejos!
Reptan por nuestro cuerpo como una enredadera y comienzan a contarnos este nuevo mundo. Tal vez ya llegaron a nuestros ojos, cubriéndolos para siempre, sellándolos y remplazándolos por prótesis cibernéticas.
Los cables se han transformado en nuestro día a día. Nos acompañan en nuestros viajes y nosotros comenzamos a depender de ellos.
Y en nuestras casas y cybercafés nos conectamos con amigos, familiares, conocidos y parejas.
De pronto el servicio de Internet se cae por unos minutos; la angustia aumenta segundo a segundo. Has sido desconectado del mundo, sea para un trabajo, un carrete, un encuentro sexual o una buena revolcada (cada uno le dice como quiere).
Imagino que existen personas que no están de acuerdo con esto, ya que sienten que se comunican mucho más que antes, contando sus penas mediante emoticones y recibiendo de respuesta el empático “d+”. Solo puedo decir que recuerdo el triste episodio en que mi hermana me saludó por Messenger. Se encontraba a menos de
Y es así como estos cables, mis malditos amigos, tratan de convencerme que la vida se va haciendo más fácil y práctica, descargando discografías completas y películas, contactando a mucha gente simultáneamente, trabajando desde mi casa.
He aquí la paradoja: Me aterra esta forma de llevar nuestras vidas, pero aun así me permite tener acceso a mis pasiones musicales y cinéfilas.
Por último, sin los cables es bastante probable que nunca hubieras leído estas palabras. Quizás ni siquiera las hubiera escrito.
Malditos cables.

1 Comments:
Es un enfoque. Pero creo que sobredimensionan el problema, si acaso lo hay. Los cables no son sino una herramienta. No importa cuanta gente haya en línea, el hecho es que estás en tu casa, cómodamente instalado en tu espacio, ojalá sin que nadie moleste. No estás rodeado de todos los que están en línea. Están a la misma distancia que han estado siempre, y eso depende directamente de sus personalidades. La tecnología nada tiene que ver en ello y tonto es aquél que piense que por tener un millón de contactos en el messenger tiene un millón de amigos y va a poder cantar más fuerte.
Cuando hay que hablar de algo, la gente se junta a hablar. Por lo menos los que no tienen taras sociales. Para carretear, te juntas con tus amigos. Para reír, lo mismo. Los cables son herramientas, y el chateo es simplemente una herramienta más para no gastar cantidades absurdas en teléfono.
Mientras sepas que lo que tienes en frente es una herramienta y no un soporte de vida, los cables no te van a cegar. Y si son capaces de cegarte, es que no valía la pena que pudieras ver, pues nunca viste nada. No se ve con los ojos.
Post a Comment
<< Home